Me levanté leyendo algunos poemas de António Ramos
Rosa. Abro una página: aire,
luz, agua, tierra, paredes, cuerpo, oído, sudor. En la poesía de Ramos Rosa no es el yo
subjetivo el que tiene la soberanía. No es la experiencia ni la sabiduría
adquirida. Tampoco la revelación metafísica o la conciencia atribulada. No hay máscaras. Es el
mundo en sus elementos y su familiar extrañeza. Un mundo desnudo y pitagórico, "donde el camino es una mano que se abre".
Aparecen unas pocas figuras humanas: oscuras, ardorosas, respirando. Uno se mueve entre sus líneas como entre piedras a la orilla del mar.