Salimos al aire de São Paulo y vemos
dos viejas películas francesas. En una René Clair, Jean Rouch y Jean-Luc Godard
disertan y opinan –interrogados por Eric Rohmer- sobre cine; en la otra, el mismo
Godard observa a Brigitte Bardot con Capri de fondo. Se dicen cosas muy doctas
y arrogantes en la primera, y otras muy infantiles y hasta simpáticas en la
segunda. Una de las preguntas de los cineastas de la Nouvelle Vague era de
dónde venía el cine: si de la novela del siglo XIX (Clair) o del cine mismo
(Rouch) o de la pintura más la literatura más el cine más Le Monde (Godard). La otra era a
quién se dirigía: al gran público en el mejor de los casos (otra vez Clair), a los freaks
de las salas de cine (otra vez Rouch) o a quien le diera la gana (Godard). La
puesta parece un confesionario jansenista: desnudo el escenario, inmóvil la cámara, casi
imperceptible aunque a veces inquisitiva la voz de Eric Rohmer, que es el que
hace las preguntas.
En la otra película, El desprecio, Godard está solo, pero no tanto. Fritz Lang dirige una versión fílmica de la Odisea. Un productor americano habla con dinero en la boca (la parodia de una parodia, casi un mal chiste franchute, y quizá el director lo sabía). Un escritor que ha sido novelista policial y ahora guionista a destajo es llamado para una nueva producción. Una bella dactilógrafa amante del dolce far niente y quizá enamorada de sí misma. Hay un enredo existencialista de fracaso y orgullo y desamor, un catálogo por todos manoseado de antiguas pinturas pornográficas, diálogos a veces tontos y otras ingeniosos, besitos inocentes, unas escaleras vertiginosas frente al mar. Hay una secuencia larga donde aparece solo, majestuoso, casi diría teogónico el culo de Brigitte Bardot. Sigue deslumbrando.