En la página del Instituto Fraser, al que he llegado
por un artículo de The Economist, encuentro una
nota sobre la historia de los impuestos. Su origen se remonta a la antigua
Sumeria (grosso modo actual Iraq), dice el articulista Mark Milke. De eso hace seis mil años. Los impuestos llegaron
para luchar contra una “guerra feroz” (los perdedores tenían que pagar a los
vencedores los costos de la refriega). Una vez finalizada la guerra, los impuestos
permanecieron.
Milke menciona dos formas de considerar su papel. Una
–la del juez Oliver Wendell Holmes- como “el precio que pagamos por una
sociedad civilizada”. Los impuestos son el aporte individual al dinero público.
Sirven para pagar policías, jueces, escuelas, legisladores, etc. Son buenas,
sin duda, hasta que te estrangulan.
Continúa Milke: “Quizá una mejor perspectiva sobre los
impuestos la encontramos en un caballero del siglo XIX, quien dejó clara su
idea de que los políticos debían ejercer el control en cuestiones de impuestos
y gasto público: “Todo impuesto es una pérdida per se”, dijo. “Es un sagrado
deber del gobierno tomar del pueblo solo lo que es necesario para el
cumplimiento del servicio público; el cobro de impuestos, de cualquier otra
manera, es simplemente robo legalizado”.
La medida es: lo necesario para el servicio público.
Más allá (pero antes hay que definir esa frontera), los Estados se convierten
en ladrones más o menos constitucionales. Más acá, lo público se desintegra o fractura.