Flâneur III: Benjamin’s shadow
(1997), de Torben Skjodt Jensen.
Desde 1927 hasta 1940 Walter Benjamin vivió en París. En
la Bibliothéque Nationale, como quien se adentra en un continente a la vez mitológico e íntimo, viaja en el tiempo. El siglo XIX lo cautiva. París es su capital y él merodea entre sus ruinas y bosques. Al otro lado del océano de
documentos lo esperan Baudelaire, Haussmann y la Comuna. París era ya una ciudad de
espejos y páginas, de miradas, mercancías y palabras. Ciudad imagen, libro, umbral; para ver, leer, caminar, perderse. En París lo espera su doble,
su posible interlocutor, Nadie. Una ciudad es una cábala y un laberinto; las cosas, un inconsciente espejo colectivo. Las
paredes –dice- son huellas de una vieja conversación. El mundo urbano como proyección concreta -realizadao fracturada o en ruinas- de visiones oníricas. Alguien soñó estas calles,
edificios, mercancías, máquinas, fetiches. Otros han tomado su relevo. Adentrarse en la ciudad era así no solo una experiencia política sino psíquica. Si alguien
deambula por mucho tiempo –escribió- no tardará en sentirse como drogado. En el origen de las reflexiones de Benjamin sobre la ciudad hay una imagen del inframundo. En ese reino de sombras y apariciones estaba en su elemento.