Habían dejado de odiarlo y es casi seguro que lo soportaban porque lo
creían loco, porque Larsen agitaba en ellos un espeso, coincidente
légamo de locura; porque extraían una indefinible compensación del
privilegio de oír su voz grave y arrastrada hablando del precio por
metro de la pintura de un casco de barco en el año 47 o sugiriendo
tretas infantiles para ganar mucho más dinero con el carenaje de buques
fantasmas que nunca remontarían el río; porque podían distraerse con las
alternativas del combate entre Larsen y la miseria, con sus triunfos y
fracasos en la interminable, indecisa lucha por cuellos duros y limpios,
pantalones sin brillo, pañuelos blancos y planchados, por caras,
sonrisas y muecas que traslucieran la confianza, la paz de espíritu,
aquella grosera complacencia que solo puede procrear la riqueza.
-Juan Carlos Onetti, El astillero.
-Juan Carlos Onetti, El astillero.