En el número de indigentes de São Paulo y en la violencia impune de tantos países de América Latina, uno no sabe si ver su ausencia o su infamia. En las noticias de Venezuela es casi el único protagonista, tan chapucero como opresivo. Hace poco leí un libro que me lo volvió a recordar. Me refiero al ameno y no demasiado literario Keynes Hayek, de Nicholas Wapshott.
Se dice el Estado esto-el Estado lo otro, pero lo cierto es que Estado no hay uno solo. En John Maynard Keynes, aristocrático gurú de la socialdemocracia del siglo XX, y en el austríaco Friedrich Hayek, su némesis liberal, el Estado adopta dos formas nítidamente distintas.
Para Keynes el Estado era un padre permisivo y británicamente salomónico, es decir parlamentario. Era necesario, sí, que tanto los líderes como la ciudadanía compartieran una cierta «posición moral». Aludía, desde luego, a algo que no estaba en los tratados económicos ni en las leyes. Un vínculo, una cortesía o una solidaridad crítica con el mundo alrededor. Había que mantener a raya las pulsiones menos democráticas de tantos militantes del Estado sin sacrificar la idea del bienestar público. Como miembro de la delegación inglesa en las negociaciones de Versalles, al final de la Primera Guerra, se opuso a las medidas económicas punitivas contra los perdedores. Nada era más fecundo para el extremismo que un Estado disfuncional y una ciudadanía hambrienta.
Para Hayek, el Estado era potencialmente criminal y coercitivo, lo estaba siendo en Rusia y Alemania, de cuyos aniquiladores superpoderes había logrado escapar. De allí que para seguridad del atribulado individuo el Estado nunca sería lo suficientemente limitado. No había que sacrificar la idea del bienestar privado -su utopía- en nombre de ninguna promesa supuestamente filantrópica de poder. El dinero formaba parte del pacto con los otros, y era la materia secreta de la que estaban hechos nuestros sueños de un cuarto propio y de una vida a nuestra medida. Era inepto culparlo por nuestros crímenes e incertidumbres: era un espejo de la humana condición. El estudio del mercado era no solo un ámbito de exaltaciones teóricas sino una tabla (tavola: banco) de salvación individual.
Cada pensador del dinero escribe su carta al padre. En nombre de quién, es la vieja pregunta operativa. En medio de controversias económicas y apelaciones a los vínculos morales o a las leyes del mercado, aparece una cierta idea metafísica en cada uno, dos ideas apasionadamente unívocas de lo humano. Wapshott lo resume con elegancia: «Keynes creía que el hombre estaba encargado de su propio destino, mientras que Hayek, con alguna reticencia, pensaba que el hombre estaba destinado a vivir según leyes económicas, de la misma manera que estaba obligado por otras leyes naturales".
Esto no se queda aquí, dijo Prometeo.
Se dice el Estado esto-el Estado lo otro, pero lo cierto es que Estado no hay uno solo. En John Maynard Keynes, aristocrático gurú de la socialdemocracia del siglo XX, y en el austríaco Friedrich Hayek, su némesis liberal, el Estado adopta dos formas nítidamente distintas.
Para Keynes el Estado era un padre permisivo y británicamente salomónico, es decir parlamentario. Era necesario, sí, que tanto los líderes como la ciudadanía compartieran una cierta «posición moral». Aludía, desde luego, a algo que no estaba en los tratados económicos ni en las leyes. Un vínculo, una cortesía o una solidaridad crítica con el mundo alrededor. Había que mantener a raya las pulsiones menos democráticas de tantos militantes del Estado sin sacrificar la idea del bienestar público. Como miembro de la delegación inglesa en las negociaciones de Versalles, al final de la Primera Guerra, se opuso a las medidas económicas punitivas contra los perdedores. Nada era más fecundo para el extremismo que un Estado disfuncional y una ciudadanía hambrienta.
Para Hayek, el Estado era potencialmente criminal y coercitivo, lo estaba siendo en Rusia y Alemania, de cuyos aniquiladores superpoderes había logrado escapar. De allí que para seguridad del atribulado individuo el Estado nunca sería lo suficientemente limitado. No había que sacrificar la idea del bienestar privado -su utopía- en nombre de ninguna promesa supuestamente filantrópica de poder. El dinero formaba parte del pacto con los otros, y era la materia secreta de la que estaban hechos nuestros sueños de un cuarto propio y de una vida a nuestra medida. Era inepto culparlo por nuestros crímenes e incertidumbres: era un espejo de la humana condición. El estudio del mercado era no solo un ámbito de exaltaciones teóricas sino una tabla (tavola: banco) de salvación individual.
Cada pensador del dinero escribe su carta al padre. En nombre de quién, es la vieja pregunta operativa. En medio de controversias económicas y apelaciones a los vínculos morales o a las leyes del mercado, aparece una cierta idea metafísica en cada uno, dos ideas apasionadamente unívocas de lo humano. Wapshott lo resume con elegancia: «Keynes creía que el hombre estaba encargado de su propio destino, mientras que Hayek, con alguna reticencia, pensaba que el hombre estaba destinado a vivir según leyes económicas, de la misma manera que estaba obligado por otras leyes naturales".
Esto no se queda aquí, dijo Prometeo.