Chávez lo demuestra de forma casi didáctica: la tradición venezolana de la injuria es dolorosamente elemental. Más que por exceso de bondad, por una idea casi siempre consensual del diálogo. Al contrario de lo que creen los opositores más beatíficos, el mal insulto degrada el diálogo más por pedestre que por insulto. Al contrario de lo que creen los chavistas más adulantes, los vituperios del Jefe lo retratan más a él y en parte a sus seguidores que a sus adversarios. Nuestros insultos son casi siempre desechables.