lunes, 26 de marzo de 2012

Tabucchi



En mayo de 2011 Antonio Tabucchi fue nombrado ciudadano honorario de Hania, Creta. Una amiga, la actriz María Buluguri, ya me había comentado que Tabucchi frecuentaba la isla griega, que su grupo de teatro había montado una pieza inspirada en los relatos de Pequeños equívocos sin importancia. La tarjeta promocional de la obra traía un retrato del autor dibujado por Valerio Adami. Tabucchi iba cada cierto tiempo a Creta. Se refugiaba para leer y escribir en una casa sin teléfono ni internet.  

 Por un pequeño equívoco para mí de importancia, aquel verano yo estaba en Haniá, trabajando en la librería de un amigo. Esa misma primavera yo le había regalado a una amiga un ejemplar de Sostiene Pereira. Fue ella quien me dijo unos días después que Tabucchi estaba en la ciudad.

Asistí. Fue un evento sencillo en el que no entendí casi nada. El alcalde de Hania fue breve, una profesora leyó algo muy largo y creo que citó a Barthes. Tabucchi entonces pronunció unas palabras de agradecimiento y leyó un poema en portugués de Sophia de Mello Breyner, una poeta que amó la Grecia de la poesía y los mitos como él quería a Portugal. Una manera de compartir con ella el honor que él estaba recibiendo esa noche.

Luego la gente se le acercó, tomó fotos y pidió autógrafos. Tocaba turno al vino.

Una vez idas las autoridades, los periodistas y los camarógrafos, no resistí la tentación de acercármele. Fue receptivo y me propuso, en español: "Vamos a tomar algo en la terraza". La noche estaba viva, y allí estábamos nosotros en una terraza del puerto veneciano, bebiendo vino y conversando. Tabucchi me contó cómo había ido a Creta por primera vez y me preguntó por Venezuela. Habla como uno de sus personajes, pensé. La misma calidez dubitativa, el humor sagaz, los temas recurrentes, las preguntas.  

Uno de los cuentos de El tiempo envejece deprisa ocurre en Creta. Un italiano entrado en años asiste a un congreso de medicina en la isla, alquila un carro en Haniá y se adentra en su territorio como si estuviese aprendiendo una inesperada lección de viaje. Intenta descifrar el nombre de las calles, siente la necesidad o el llamado de perderse, se pierde. Recuerda el caso o el sueño de alguien que ha ido a la isla de Minos para no volver. 

En Haniá, según nos contó, Tabucchi se hospedaba en un hotel con vista al antiguo barrio turco, muy cerca de las todavía más antiguas puertas venecianas de la ciudad. A veces lo imagino en aquel hotel frente al mar, entre aquella historia fragmentada en piedra y chicharras. Otras veces lo imaginaba en el sur de Creta, absorto como el personaje de su cuento o como un Pereira más hedonista, bajito y con voz de laúd, contemplando con retsina y aceitunas el mar libio, liso como un espejo.