Encontré en
una librería de Plaza Venezuela, en Caracas, un
libro de Isaiah Berlin. Leer a Berlin en Caracas es el equivalente
intelectual a escuchar música de cámara en una discoteca de reguetón: un contraste no solo estético. Uno entonces se aparta a un rincón y atiende.
Además de sus impresiones y estudios, Berlin es una voz, varias. La voz escrita de Berlin fue al principio una escritura hablada. Es sabido que componía sus ensayos frente a una grabadora. En el papel, es como si estuviera siempre en el parlamento, escuchando, sopesando, discutiendo. Al escribir sobre terceros, Berlin habla con ellos y a menudo como ellos. Es un testigo, un reportero, un insider y también un árbitro. En sus textos casi desaparece.
Es buena compañía el profesor Berlin. Me he pasado el mes invocándolo. Hoy anoto: La búsqueda de la perfección me parece una receta para derramar sangre, que no es mejor ni aunque lo pidan los idealistas más sinceros, los más puros de corazón.
Escribió estas líneas cuando la Unión Soviética era todavía considerada, por demasiada gente, un paraíso en la tierra.
Además de sus impresiones y estudios, Berlin es una voz, varias. La voz escrita de Berlin fue al principio una escritura hablada. Es sabido que componía sus ensayos frente a una grabadora. En el papel, es como si estuviera siempre en el parlamento, escuchando, sopesando, discutiendo. Al escribir sobre terceros, Berlin habla con ellos y a menudo como ellos. Es un testigo, un reportero, un insider y también un árbitro. En sus textos casi desaparece.
Es buena compañía el profesor Berlin. Me he pasado el mes invocándolo. Hoy anoto: La búsqueda de la perfección me parece una receta para derramar sangre, que no es mejor ni aunque lo pidan los idealistas más sinceros, los más puros de corazón.
Escribió estas líneas cuando la Unión Soviética era todavía considerada, por demasiada gente, un paraíso en la tierra.