En una entrada de Emanaciones, el escritor cubano Juan Abreu se refiere a la visita de Dilma Roussef a La Habana. Compara la experiencia como presa política de la "señora presidenta" con la de Orlando Zapata y Wilmar Villar. Roussef fue menos torturada y su estancia en prisión fueron unas vacaciones cortas en comparación con la de tantos presos políticos cubanos. Creo, sin embargo, que se equivoca al enviarla a la mierda: ella fue sozinha. No solo por razones ideológicas, se entiende. En Diario de Cuba se le recuerda a la socialdemócrata brasileña un alfabeto al parecer de difícil comprensión para los políticos latinoamericanos y no solo: "la agenda económica y la de los derechos humanos son inseparables". A mí me parece cuento repetido: pertenece a esa "nostalgia del fango" que ha representado, para buena parte de la clase política del continente, la simpatía por Castro. Uno de los derechos no escritos de los presidentes latinoamericanos: enfangarse en Cuba y vivir para contarlo.