Vi después de mucho tiempo una película en La Previsora
caraqueña, durante años
lugar de consuetudinaria peregrinación. Una película danesa, aguda en su retrato de la violencia adolescente en un medio en apariencia pacífico. Detalle: la copia proyectada era pirata. En un país donde la criminalidad impune, el desabastecimiento de alimentos y la discriminación política en las instituciones del Estado son habituales, puede parecer anecdótico. La pregunta, sin embargo, se impone: ¿en qué otros países del mundo el Estado ofrece copias piratas en sus salas
de cine? No en Dinamarca, me atrevo a apostar.
Ahora muchos se indignan -con argumentos propios del más lacrimógeno populismo latinoamericano- por la sola idea de legislar la piratería en Estados Unidos, España y otros países más o menos occidentales. Desde luego en Venezuela, país de derechos menguantes, de los derechos de autor mejor ni hablar.
Los argumentos de la masa pirática son una mezcla de anarquismo evangélico con vandalismo justiciero, no sin torrentes de lirismo comunitario. Todos consumimos gratuitamente lo que todos producimos porque todos somos hijos de Internet. Es el mantra del saqueo digital, ése que está poblando la tierra de un inabarcable reguero de chatarrería cultural. Gente que cree que el arte, la tecnología, la ciencia y la cultura sin más son misiones jesuíticas. Esta turba demagógica hace rato necesitaba un héroe indiscutible, un mártir contra la ley. Le tocó a Kim Dotcom, ese esclarecido hedonista, ese filántropo salido de la demasiado abrigada Alemania hacia los campos soleados de Nueva Zelanda, ese Gatsby ahora entronizado por la adolescencia más vulnerable del mundo desarrollado y no tanto.
A menos que quieran sumarse al pensamiento mágico universal, alguien tiene que explicar la diferencia entre Internet y la merliniana bola de cristal. Los ciudadanos de los países pobres quizá tardaremos en darnos cuenta de que la piratería no es una solución sino parte de nuestra pobreza. Nos condena a consumir deshechos y a veces a no consumirlos en absoluto, convierte en ganado a los autores, enriquece a quien tiene los códigos de la propiedad ajena y hace de la cultura una forma de la gracia divina. Ya sabemos la alternativa populista: subsidio, saqueo o buhonería. No es imposible imaginar otra menos parasitaria: crear un espacio ciudadano en que el autor tenga tantos derechos como el usuario, en que el consumidor no esté limitado a la adquisición de baratijas ni el comerciante sea un buhonero de incierta responsabilidad y ningún amparo legal. Eso requiere respetar los derechos y exigir responsabilidades a quienes hacen de la cultura una forma de negocio lícito, sean editoriales, discográficas, productoras de cine, salas de exhibición o compañías tecnológicas. Todo lo cual supone la creación de una ley.
Por supuesto el robo, incluido el carterismo más ratero, puede ser una de las bellas artes, y tiene de antiguo buen patronazgo. Si no queremos quedarnos en su apreciación estética, sin embargo, al menos hay que llamarlo por su nombre. Con Kim Dotcom está preso uno de los rateros más representativos de la época. Veremos las consecuencias.
Publicado en Ideas de Babel.
Ahora muchos se indignan -con argumentos propios del más lacrimógeno populismo latinoamericano- por la sola idea de legislar la piratería en Estados Unidos, España y otros países más o menos occidentales. Desde luego en Venezuela, país de derechos menguantes, de los derechos de autor mejor ni hablar.
Los argumentos de la masa pirática son una mezcla de anarquismo evangélico con vandalismo justiciero, no sin torrentes de lirismo comunitario. Todos consumimos gratuitamente lo que todos producimos porque todos somos hijos de Internet. Es el mantra del saqueo digital, ése que está poblando la tierra de un inabarcable reguero de chatarrería cultural. Gente que cree que el arte, la tecnología, la ciencia y la cultura sin más son misiones jesuíticas. Esta turba demagógica hace rato necesitaba un héroe indiscutible, un mártir contra la ley. Le tocó a Kim Dotcom, ese esclarecido hedonista, ese filántropo salido de la demasiado abrigada Alemania hacia los campos soleados de Nueva Zelanda, ese Gatsby ahora entronizado por la adolescencia más vulnerable del mundo desarrollado y no tanto.
A menos que quieran sumarse al pensamiento mágico universal, alguien tiene que explicar la diferencia entre Internet y la merliniana bola de cristal. Los ciudadanos de los países pobres quizá tardaremos en darnos cuenta de que la piratería no es una solución sino parte de nuestra pobreza. Nos condena a consumir deshechos y a veces a no consumirlos en absoluto, convierte en ganado a los autores, enriquece a quien tiene los códigos de la propiedad ajena y hace de la cultura una forma de la gracia divina. Ya sabemos la alternativa populista: subsidio, saqueo o buhonería. No es imposible imaginar otra menos parasitaria: crear un espacio ciudadano en que el autor tenga tantos derechos como el usuario, en que el consumidor no esté limitado a la adquisición de baratijas ni el comerciante sea un buhonero de incierta responsabilidad y ningún amparo legal. Eso requiere respetar los derechos y exigir responsabilidades a quienes hacen de la cultura una forma de negocio lícito, sean editoriales, discográficas, productoras de cine, salas de exhibición o compañías tecnológicas. Todo lo cual supone la creación de una ley.
Por supuesto el robo, incluido el carterismo más ratero, puede ser una de las bellas artes, y tiene de antiguo buen patronazgo. Si no queremos quedarnos en su apreciación estética, sin embargo, al menos hay que llamarlo por su nombre. Con Kim Dotcom está preso uno de los rateros más representativos de la época. Veremos las consecuencias.
Publicado en Ideas de Babel.