martes, 17 de marzo de 2009

Armas y diplomáticos

Celebré el día de la Inmaculada, cuya existencia tiendo pecadoramente a olvidar, leyendo a Antony Beevor. Se trata de su libro sobre la Guerra Civil española. Lo he calado por partes y de a poco. Abro el mastodonte y me planto en el capítulo sobre "Armas y diplomáticos".

Es curioso que quien no ha vivido esa guerra (o cualquiera de las otras que en el mundo han sido) tenga tanta información disponible, mucha más que la que muchos que la vivieron o la sobrevivieron de cerca. El protagonista, que no tiene que sentirse protagonista de nada, vive en la confusión del presente. El lector, en su rememoración o fantasmagoría. A veces es la historia la que se acerca: echando la puerta abajo, cuando no la casa entera. Otras, es uno el que se asoma a las ruinas.

La confusión o tensión del presente no se limita a lo individual o privado. Véase, en la Guerra Civil española, el papel de los países extranjeros. 

De las tres grandes potencias mundiales, los británicos ocuparon el papel más importante en la crisis. Estados Unidos, en ese momento, no quería involucrarse en conflictos internacionales. Francia, que estrenaba un gobierno de centro-izquierda, jugaba ya el juego de la oportunidad: temía a Hitler y se apoyaba en los brítánicos. Alemania e Italia, sabiendo que en la guerra el plomo es oro, dieron armas y apoyo militar al "bando rebelde" (la guerra comenzó por el desconocimiento, de parte de los falangistas, de la victoria electoral republicana.) Estaban los pacifistas, que como ya le había leído a Orwell, eran en el fondo pro-fascistas: "la crítica a Hitler y Mussolini es una amenaza para la paz". Los dos países que apoyaron a la República fueron México (entonces presidido por Lázaro Cárdenas) y la Rusia soviética.

México apoyó abiertamente a la República. Ese apoyo fue un puente: miles de republicanos lo cruzaron, en muchos casos sin vuelta. Algunos de los exiliados luego hicieron las Américas. Entre ellos José Bergamín, que de México se fue a Caracas y de allí a Montevideo. Un viudo vitalicio de la República, como lo llamó Ida Vitale. También hubo quienes se fueron a Rusia, como aquella familia bailaora evocada por Andrei Tarkovski en Espejo. Ir de la España de la Guerra Civil a la Rusia estalinista no ha debido ser un paso muy alentador. Tampoco lo fue para tantos soldados rusos que, habiendo luchado en el frente republicano, regresaron para encontrar su destino en el Estado sangriento del padrecito Stalin.