Un Piero Trepiccione, Director del Centro Gumilla de
Barquisimeto, Venezuela, produce un artículo de lo más pintoresco. Trepiccione se refiere
a Chávez -el Comandante Eterno de sus más entusiastas seguidores- como a un diestro practicante del “efecto teflón”. Así define el
misterioso fenómeno:
“El “efecto teflón” combina elementos de comunicación
política y gestión pública. Pero también, el carisma personal del mandatario,
asi (sic) como un olfato natural que interpreta fríamente los momentos
políticos para siempre sacar provecho puntual. Es algo complejo que redondea
personalidades que se siembran en la historia cargadas de un pragmatismo
intuitivo, pero delineadas por sueños y cristalizaciones ideológicas que
aglutinan masas que partidariamente respaldan proyectos políticos de largo
aliento.
Sin “efecto teflón” no hay largo aliento. Sólo hay mandatarios asociados a la cotidianidad y ésta, si no se aborda con éxito, corre el riesgo de hacer caer en la rutinización a la majestad presidencial y por consiguiente, en descrédito y deslegitimidad”.
Sin “efecto teflón” no hay largo aliento. Sólo hay mandatarios asociados a la cotidianidad y ésta, si no se aborda con éxito, corre el riesgo de hacer caer en la rutinización a la majestad presidencial y por consiguiente, en descrédito y deslegitimidad”.
Chávez –según nuestro académico- consolidó una imagen
impermeable a los cuestionamientos terrenales. Supo ganar para sus fantasías y proyectos políticos un coro de seguidores incondicionales y una corte de
funcionarios (entre ellos, el actual presidente) dispuestos a recibir las
culpas, resentimientos y anatemas del electorado infeliz. Ninguna insuficiencia, delito, chapucería, despilfarro o atrocidad le tocaba de cerca. Un santo laico, pues, ungido a punta de propaganda, fervor popular y sentido de la oportunidad. El politólogo Trepiccione no menciona la palabra dinero ni petróleo,
mucho menos corrupción. Tampoco pronuncia las palabras autocracia, militarismo, demagogia, violencia. Lo que le interesa es el "largo aliento", la santidad sancionada por el éxito electoral.
El artículo de Piero Trepiccione es una tontería obscena y algo demencial. Lo notable es que –para una parte importante del país, por interés o por oscurantismo o por las dos cosas- lo que dice Trepiccione es cierto.
Es hora de que hablemos de la gracia divina.