lunes, 15 de julio de 2013

Una brújula

Walter Benjamin dijo famosamente que París había sido la capital del siglo XIX. En los años 20 del siglo pasado, para el mismo Benjamin, lo seguía siendo.

Leo algunos de sus ensayos franceses y me digo qué maravilla.

Admiró a Valéry, a Gide, a Proust y a Breton tanto como a Karl Kraus y a Franz Kafka. De Valéry celebraba su acepción del escritor no como demiurgo sino como constructor, Gide era la fiesta del espíritu a contracorriente, Proust una mezcla de historiador y chamán de las costumbres, pero en los surrealistas vio a sus pares. Escribió: “Antes de estos videntes y adivinos nadie ha visto cómo la miseria, no solo la miseria social, sino la miseria arquitectónica, la miseria de interiores, los objetos avasallados y avasallantes, basculaban en el nihilismo revolucionario”. Las páginas sobre Nadja, de Breton, son inspiradas y justas, casi iba a decir conspiratorias. Era la novela de un merodeador, un libro de puertas entreabiertas, una crónica visionaria de entreguerras. Estos sustantivos y adjetivos son aplicables al mismo Benjamin. 

Un dios teórico: el lenguaje. Un villano teogónico: el dinero. Inmenso el diapasón de sus simpatías intelectuales, de sus campos magnéticos, de sus enamoramientos: hacia los hacedores de “máquinas infernales” y los eternos aprendices que resultaban ser los más exigentes educadores. Él mismo fue las dos cosas, sin patéticas desgarraduras, con mercurial y a veces terrible lucidez. Benjamin, progresista apocalíptico, romántico clásico, docto entusiasta del terrorismo literario, agudo practicante de la montaigniana diplomacia del espíritu. 

Benjamin no creyó que la barbarie se acabaría con la caída de la monarquía y la instauración de la sociedad sin clases, sino que la humanidad había entrado junta en un tiempo de barbarie colectiva, de pobreza después del remate y el saqueo, en un sentido que podía ser negativo o positivo, según el grado de mistificación o conciencia. En sus edificios, en sus cuadros y relatos -dejó dicho- la humanidad se dispone a sobrevivir, de ser necesario, a la civilización. Soberbia maniqueísta, tal vez, pero también anunciación mordaz. Después de Benjamin, todos bárbaros.  

Con toda su fáustica objetividad, su necesidad de verse en los otros, sus desplazamientos a través de las fronteras culturales, espaciales y temporales, fue un gran introspectivo. Explorar era adentrarse, es decir perderse. Suyas son estas líneas oraculares: “El lector, el pensador, el hombre que espera, el paseante, son tipos de iluminado tanto como el fumador de opio, el soñador, el hombre ebrio. Y de los más profanos. Para no hablar de esta droga terrible entre todas –nosotros mismos- que absorbemos en soledad”. La lectura, el pensamiento, el callejeo, el sueño y la soledad como drogas, o lo es que lo mismo, como fronteras a un tiempo protectoras y reveladoras del mundo. Constelación, escondite, umbral, jaula. 

Hay un pensador de fronteras en Benjamin, también un como administrador hechizado del saber. En un libro veía un pasaje; en los pasajes de la ciudad, creía ver una confesión coral, tanto política como psicológica, amén de económica. Sabía ver rostros y calles. Sabía –el verbo le queda corto- leer.

Es difícil tenerle antipatía.