Walter Benjamin dijo famosamente que
París había sido la capital del siglo XIX. En los años 20 del siglo pasado,
para el mismo Benjamin, lo seguía siendo.
Leo algunos de sus ensayos franceses y
me digo qué maravilla.
Admiró a Valéry, a Gide, a Proust y a
Breton tanto como a Karl Kraus y a Franz Kafka. De Valéry celebraba su acepción del escritor no como demiurgo sino como constructor, Gide era la
fiesta del espíritu a contracorriente, Proust una mezcla de historiador y
chamán de las costumbres, pero en los surrealistas vio a sus
pares. Escribió: “Antes de estos videntes y adivinos nadie ha visto
cómo la miseria, no solo la miseria social, sino la miseria arquitectónica, la
miseria de interiores, los objetos avasallados y avasallantes, basculaban en el
nihilismo revolucionario”. Las páginas sobre Nadja, de
Breton, son inspiradas y justas, casi iba a decir conspiratorias. Era la novela de un merodeador, un
libro de puertas entreabiertas, una crónica visionaria de
entreguerras. Estos sustantivos y adjetivos son aplicables al mismo Benjamin.
Un dios teórico: el lenguaje. Un
villano teogónico: el dinero. Inmenso el diapasón de sus simpatías
intelectuales, de sus campos magnéticos, de sus enamoramientos: hacia los hacedores de “máquinas infernales”
y los eternos aprendices que resultaban ser los más exigentes educadores. Él
mismo fue las dos cosas, sin patéticas desgarraduras, con mercurial y a veces
terrible lucidez. Benjamin, progresista apocalíptico, romántico clásico, docto
entusiasta del terrorismo literario, agudo practicante de la montaigniana diplomacia
del espíritu.
Benjamin no creyó que la barbarie se
acabaría con la caída de la monarquía y la instauración de la sociedad sin
clases, sino que la humanidad había entrado
junta en un tiempo de barbarie colectiva, de pobreza
después del remate y el saqueo, en un sentido que podía ser negativo o positivo, según el
grado de mistificación o conciencia. En sus edificios, en sus cuadros y relatos
-dejó dicho- la humanidad se dispone a sobrevivir, de ser necesario, a la
civilización. Soberbia maniqueísta, tal vez, pero también anunciación mordaz. Después de Benjamin, todos bárbaros.
Con toda su fáustica objetividad, su
necesidad de verse en los otros, sus desplazamientos a través de las fronteras
culturales, espaciales y temporales, fue un gran introspectivo. Explorar era
adentrarse, es decir perderse. Suyas son estas líneas oraculares: “El lector,
el pensador, el hombre que espera, el paseante, son tipos de iluminado tanto
como el fumador de opio, el soñador, el hombre ebrio. Y de los más profanos.
Para no hablar de esta droga terrible entre todas –nosotros mismos- que
absorbemos en soledad”. La lectura, el pensamiento, el callejeo, el sueño y la soledad
como drogas, o lo es que lo mismo, como fronteras a un tiempo protectoras y
reveladoras del mundo. Constelación, escondite, umbral, jaula.
Hay un pensador de fronteras en
Benjamin, también un como administrador hechizado del saber. En un libro
veía un pasaje; en los pasajes de la ciudad, creía ver una confesión coral,
tanto política como psicológica, amén de económica. Sabía ver rostros y calles.
Sabía –el verbo le queda corto- leer.
Es difícil tenerle antipatía.