En el Barroco, estética oficial de aquel acto de sublimación retrógrada que
fue la Contrarreforma, pasión es sinónimo de sacrificio y derroche. Se trata de
una tendencia marcada del arte europeo medieval y en parte renacentista, dice
Marc Fumaroli, pero en el Barroco ibérico y latinoamericano adquiere un
radicalismo inusitado. En las escenas palaciegas de Velázquez, en la picaresca
y la poesía amorosa de Quevedo, en los santos del Aleijadinho, el esplendor del
poder, del amor, del honor o de la fe está acompañado por una densa sombra
mortal. En las pinturas de un Valdés Leal la muerte es dueña y señora de todo
el escenario. El reverso inseparable de la santidad es la putrefacción. El del
cuerpo, la ceniza. El del lujo, la corrupción. Cosas de católicos, tal vez, pero se
dice que los recién nombrados emperadores, en la lejana Roma, tenían asignado
un consejero el día de su coronación. Recuerda que eres mortal, era su único
aviso.
Por contraste, en la imaginería canónica de la Revolución, desde los primeros utopistas hasta las vanguardias políticas del siglo XX, no hay límites que no sean los de la voluntad del líder o la facción, transubstanciada desde luego en la del pueblo o de la historia. El arte y el pensamiento oficial de la iglesia se convierten en propaganda de partido. Si el cielo existe, es un país comunista. Solo que ahora los santos -los jefes- son canonizados en vida. Paz y felicidad, amigos míos. Etc.
Solo que nada es simple, ni siquiera en la Venezuela bolivariana. En la decisión de Hugo Chávez de exhumar en vivo y directo los restos de Bolívar para comprobar detalles de su fallecimiento, algunos vieron un claro indicio de desequilibrio mental. En la necrofilia heroica, un inocultable fascismo de bolsillo. Es difícil negar una cosa y otra. Lo que muchos no vimos es que esa intromisión de ultratumba en la narrativa revolucionaria era un signo no solo bajamente tétrico sino fuera de guión. La revolución no era solo ese idilio al que llegaríamos votando por un militar de izquierdas. Era también un cadáver ilustre, un talismán ideológico, un sueño de restauración feudal. La revolución se fue haciendo cada vez más sombría. Era no solo política sino religión, espectáculo, fantasmagoría, psicodrama. Ese tinglado irreal se acentuó con la enfermedad del caudillo. En los dos últimos meses Venezuela ha sido una monarquía de facto con rey ausente.
El 5 de marzo muchos venezolanos se quedaron sin su Inquisidor o Mesías en Jefe. No vencido en las urnas por la oposición democrática, hay que decirlo, sino en la cama por un cáncer (a juicio de su sucesor, misteriosamente inoculado por sus adversarios). Deja duelo y liberación, beatería e incertidumbre, una economía ruinosa y violencia endémica. Un país largamente enamorado de sus más regresivos fantasmas, otro desvelado e impotente ante la acumulación de ruinas. No será fácil una mínima concordia.
Por contraste, en la imaginería canónica de la Revolución, desde los primeros utopistas hasta las vanguardias políticas del siglo XX, no hay límites que no sean los de la voluntad del líder o la facción, transubstanciada desde luego en la del pueblo o de la historia. El arte y el pensamiento oficial de la iglesia se convierten en propaganda de partido. Si el cielo existe, es un país comunista. Solo que ahora los santos -los jefes- son canonizados en vida. Paz y felicidad, amigos míos. Etc.
Solo que nada es simple, ni siquiera en la Venezuela bolivariana. En la decisión de Hugo Chávez de exhumar en vivo y directo los restos de Bolívar para comprobar detalles de su fallecimiento, algunos vieron un claro indicio de desequilibrio mental. En la necrofilia heroica, un inocultable fascismo de bolsillo. Es difícil negar una cosa y otra. Lo que muchos no vimos es que esa intromisión de ultratumba en la narrativa revolucionaria era un signo no solo bajamente tétrico sino fuera de guión. La revolución no era solo ese idilio al que llegaríamos votando por un militar de izquierdas. Era también un cadáver ilustre, un talismán ideológico, un sueño de restauración feudal. La revolución se fue haciendo cada vez más sombría. Era no solo política sino religión, espectáculo, fantasmagoría, psicodrama. Ese tinglado irreal se acentuó con la enfermedad del caudillo. En los dos últimos meses Venezuela ha sido una monarquía de facto con rey ausente.
El 5 de marzo muchos venezolanos se quedaron sin su Inquisidor o Mesías en Jefe. No vencido en las urnas por la oposición democrática, hay que decirlo, sino en la cama por un cáncer (a juicio de su sucesor, misteriosamente inoculado por sus adversarios). Deja duelo y liberación, beatería e incertidumbre, una economía ruinosa y violencia endémica. Un país largamente enamorado de sus más regresivos fantasmas, otro desvelado e impotente ante la acumulación de ruinas. No será fácil una mínima concordia.