martes, 26 de febrero de 2013

Un profeta de Octubre


Recuerdo algunos encuentros. En una novela de Milan Kundera, Trotsky, fantasma oficial de la Historia soviética, era una metáfora (no es la palabra) de otras tachaduras menos ideológicas. En los Tres tristes tigres de Cabrera Infante la noticia de su asesinato sirve de pretexto para un hilarante, mordaz ejercicio de exorcismo literario. Hace poco, en una exposición de Manuel Álvarez Bravo en São Paulo, vi las fotos de su final exilio mexicano. No es frecuente encontrárselo a salvo.

Aunque Trotsky es una figura cada vez más conocida por esos y otros cameos literarios, documentales y políticos, es quizá en su obra escrita donde adquiere definición mejor. En sus notas sobre literatura, al menos, se lo ve más a sus anchas, siendo como era uno de los portadores de antorchas intelectuales a cargo. En ellas el jefe del Ejército Rojo aparece no solo iluminando sus páginas sino la de sus contemporáneos. Intenta forjar un canon, decretar evangelios. Tan incendiario como ilustrado, no hay línea en la que no deje claro el carácter redentor de la Revolución. La literatura, su otra fiebre sagrada, tenía que supeditarse a las ceremonias justicieras de la diosa. 

La figura epónima de la Revolución era el Obrero, un Prometeo no solo liberado de las cadenas del capitalismo y la superstición feudal sino del equívoco de la subjetividad. La Revolución, decía, parte de la idea central de que el hombre colectivo debe volverse el único señor. Y así como había un hombre nuevo, eran necesarios una literatura y un arte nuevos. Decía: "Ese nuevo arte es incompatible con el pesimismo, el escepticismo y todas las otras formas de abatimiento espiritual. Es realista, activo, vitalmente colectivista y llena de ilimitada confianza en el futuro». En otras palabras, el escritor y el artista tenían que ser propagandistas inspirados, perceptivos y dedicados de la Revolución. Sin que pareciera una imposición, ahí se demostraba el talento o la fe. Hay que reconocer que no le faltaron candidatos.

Como crítico literario fue un ideólogo brillante, también por momentos un cándido censor. «Los años de la Revolución fueron el tiempo de un silencio casi completo de la poesía», se quejaba. Esa mudez, a su juicio, tenía más que ver con la incapacidad adaptativa de los poetas rusos que con la intolerancia de los comisarios. ¿Cándido o canalla? Los primeros tiempos de la vociferante Revolución fueron los de la poesía silenciada, los años no solo de Maiakovski (en cuyo suicidio vio una trágica, muy cercana muestra de apostasía) sino de Mandelstam, Ajmátova, Marina Tsvietáieva.

A propósito de ese silencio, una anécdota. Cuando a Ossip Mandelstam una revista literaria de la nomenclatura le preguntó cómo la Revolución había afectado su vida, la respuesta fue: me dejó sin biografía. No sin añadir, con esa mezcla suya de cautela y sarcasmo, que era algo que nunca dejaría de agradecer.

Era una nueva religión, la Revolución de Octubre, aquel mes de 1917 en que la Historia de la opresión había llegado a su fin. De allí tal vez que haya sido la Iglesia ortodoxa, y no solo la burguesía rusa, la que haya servido de de contraste para definir su imagen. Un duelo curiosamente autodenigratorio, no por eso menos feroz, íntimo: «»¿Para qué casas sólidas? –preguntaban antes los viejos creyentes. «Esperamos la venida del Mesías». La revolución no construyó casas sólidas. Pero, para suprimirlas, tuvo que cambiar a las personas, las juntó en los mismos locales, construyó barracas».

Para Trotsky, antes de convertirse en otro de los millones de perseguidos del padrecito Stalin, esa Revolución de barracas era sinónimo de Justicia en la Tierra.