Acompañar a Leopold Bloom, errante judío en Dublín, es viajar de cualquier mar -puede ser un mar de confusiones- a una olla con agua hirviendo. Viaje inverso al del laberíntico Stephen. Dedalus ha dejado la adolescencia y se dispone a dejarlo todo. De la reciente muerte de su madre no le queda el luto sino un orgulloso remordimiento por no haberse unido, en la agonía materna, al rezo familiar. Su memoria es su cruz. Dedalus, mal pecador, quiere irse al diablo. Casi le salen alas. Stephen no tiene madre ni amigos ni casi país, apenas a sí mismo. Inventa angustias como laberintos. ¿Qué tiene Bloom? Una supersticiosa papa en el bolsillo, una hija en otra ciudad, un hijo muerto, una mujer adúltera, una casa, el cansancio y el ardor de un sátiro discreto. Después de mucho percance pequeño, hasta el olvido de sus llaves, llega a su casa con el desconocido Stephen. Prende una hornilla y pone a hervir agua para afeitarse. Ya desde el principio, lo que ha estado hirviendo son las palabras. Pasada la medianoche, se escucha la voz de Molly hablando sola. Ella es el noventa por ciento invisible en el mar de la novela. No viaja pero murmura y a ratos canta.
Entre las páginas del Ulises, hay una que contiene toda la gama metafórica del agua, una como condensación de la poética de Joyce. La primera cualidad del agua, para Bloom, es su universalidad, “su igualdad democrática y fidelidad a sí misma en buscar su propio nivel”. Bloom, enciclopedista sin carnet, no deja de admirar “su esterilidad en los glaciares polares, árticos y antárticos”, ni su “importancia climática y comercial”. Tampoco sus excesos: inundaciones, géisers, “la insondable profundidad de la fosa de Marianne”, cataratas, diluvios. El agua tiene su fauna y flora submarina y fluvial, sus “charcos bajo la luna menguante”. El iceberg y el icecream son sus posibilidades. Como la cerveza o el más místico de los caldos. Más que agua, lo de Joyce es azogue.
En ese mercurio tal vez se había empapado Carl G. Jung cuando le confió a Joyce, entonces en Zúrich, el diagnóstico de Lucia Joyce Barnacle, su hija. Diagnóstico en clave joyciana si los hay, por cierto. Al indagar el dublinés, por una vez piadoso, sobre las oscuras manías de su hija, asegurando que eran de familia y se parecían sin ir muy lejos a las propias, el mistagogo suizo no sólo no separó las aguas sino que las condensó: “Allí donde usted nada, ella se ahoga".
Joyce quiso inundar (para seguir con la metáfora acuática) la seca prosapia de la prosa inglesa, atacar el afán de limpieza expresiva del inglés canónico. Hay piedras preciosas bajo el río, sin duda, pero Joyce no es sólo las piedras bajo el agua sino el agua, a veces, algo indigerible. Aparte de la condición de poeta y pedante colosal que le endilgara Orwell, Joyce es no menos un parodista magnífico, un costumbrista tan farragoso como entretenido, y un lector asustadoramente inspirado.
Entre sus hallazgos -se habrá dicho mil veces- está el poner a sus personajes a hablar el mismo lenguaje secreto que hablaban ya los personajes de Shakespeare, el traído monólogo interior. Dedalus y Leopold Bloom hablan con su sombra; Molly es ella misma una sombra, más de carne que de huesos. Otro don joyciano: el humor, parte clara del mercurio creador del Ulises. La singularidad de Joyce estuvo en rendir todos esos recursos - poesía épica, lírica y dramática, estilos novelescos, disertaciones filosóficas, crítica literaria, guasonería- en una composición novelística. Y no menos en la creación de esos personajes memorables que son Stephen Dedalus, Molly (de soltera Tweed) y Leopold Bloom.
Ulises es también el intento de hacer de la novela un instrumento musical. Música satírica en el canto a capela de la prosa anglosajona. Un aire pagano y doctoral (doctores paganos, paganos doctos) en aquella sala de la novela que imaginara E.M. Forster. Ulises es la novela de un jesuita ateo o es helenófilo. Hay que helenizar Irlanda, proclamaba Dedalus. Y Joyce inventó la Icaresca.
Forster casi acierta cuando dijo: “Joyce habla y habla pero nunca canta”. No leyó a Molly, o no la escuchó. Molly es cantante y piensa cantando, no sin muchos tropiezos y en un estado de nervios hirviente. Su voz se escucha, como una música de fondo, en toda la novela. Que Ulises tuviera momentos de atonalidad, estridencia y cacofonía era de rigor. Haberle sacado música nueva a la novela, ya es casi un milagro.
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