sábado, 6 de marzo de 2010

El malandro en su apoteosis

Una de las últimas campañas electorales de Chávez tuvo como centro el amor. Para los publicistas bolivarianos, el destino (electoral) estaba escrito en un bolero: “Más que amor, frenesí”. El presidente hacía de galán histórico y la patria, de amada redimida. Chávez aprovechó para confesar que por amor al pueblo se hizo y lo hicieron presidente. Prometía felicidad eterna.

La estrategia regocijó a muchos de sus seguidores, cansados de agitar la bandera del resentimiento; extrañó e indignó a otros tantos opositores, acostumbrados a la agresión y el escarnio. Estuve entre quienes vieron en aquellas fórmulas una confirmación.

Los romances políticos, como las manos de los caudillos, suelen ser de hierro. El maridaje entre el poder y la gloria se camufla en un romance entre la patria y su salvador. Viene ocurriendo en Venezuela. Alma Guillermoprieto escribió que en Venezuela tuvo la paulatina sensación de que todo giraba dentro de la cabeza del presidente. Ojalá fuera sólo la cabeza: es también el corazón. Su evangelio se funda no sólo en la paranoia y la extorsión sino en el patetismo.

Si la ideología es melodramática, el melodrama se vuelve ideológico. Tanto la gesta bolivariana, de cuya teología se siente heredero, como el romance que se siente protagonizar con la Patria, adquieren un propósito propagandístico. La propaganda es la media verdad o la simple mentira inflada hasta el delirio absoluto, y el gobierno de Chávez vive tanto de ideología como de propaganda. Cuando sus promotores, con estudiada cursilería, decían que su victoria significaba el triunfo del amor, no podían estar más cerca de la verdad. Hay que añadir: de amor al poder.

No es cuento nuevo pero sí asfixiante. La política se convierte en una cerrada trama pseudorreligiosa cuyo semidiós es el líder y cuyo interlocutor retórico es no la ciudadanía, que es plural, sino las masas, que son uniformes. Se trata de un culto mesiánico-sentimental cuyo pecado capital es estar en su contra.

Cuando de niño veía (no sin entusiasmo) telenovelas con mi madre, estaba muy lejos de imaginar que aquel mundo con el corazón en la mano podía ser un discreto manual de educación política. Acaso más ilustrativa sería ahora la pornografía. En estos once desperdiciados, patéticos años venezolanos, el presidente no ha hecho otra cosa que masturbarse con el poder.