De los pueblos de la Península de Araya, al nordeste de Venezuela, el mejor conectado con Cumaná es Manicuare. Podría ser un barrio o un suburbio de Cumaná (en muchos sentidos lo es), pero conserva su estatus de pueblo, con sus autoridades y pequeña historia local. La brisa, a veces convertida en ventolera, agita las cortinas de las casas, dispersa el abundante polvo y la no menos abundante basura de las calles. El umbral de las casas es el lugar preferido de la gente para ver el tiempo pasar.
La casa de Cruz Salmerón Acosta (1896-1929) es la principal referencia de Manicuare. Son dos en realidad: la que perteneció a su familia, ahora convertida en museo, y la choza que sirvió de reclusión durante sus últimos años, amueblada con un catre y una bañera. Su albacea es el generoso Julio Hernández.
Algunos lugareños ven a Salmerón como el poeta que habla por su pueblo. Un santo poeta es una excepción venezolana, ya que el mito (y la farsa) del portavoz popular, entre nosotros, se ha reducido a los próceres de la Independencia y a los santones políticos. Pero, a mí no me gusta esa consagración populista. Yo me quedo con la figura secreta de Salmerón, que vivió en su ley de poeta junto a las adversidades, y que no sólo fue independiente sino opuesto tanto a la fanfarria como a la complicidad de los poderosos.
Algunos lugareños ven a Salmerón como el poeta que habla por su pueblo. Un santo poeta es una excepción venezolana, ya que el mito (y la farsa) del portavoz popular, entre nosotros, se ha reducido a los próceres de la Independencia y a los santones políticos. Pero, a mí no me gusta esa consagración populista. Yo me quedo con la figura secreta de Salmerón, que vivió en su ley de poeta junto a las adversidades, y que no sólo fue independiente sino opuesto tanto a la fanfarria como a la complicidad de los poderosos.
Su poesía no tiene la complejidad de la de su amigo Ramos Sucre ni la clara densidad de Fernando Paz Castillo, pero su palabra no carece de atisbos. Fue testigo de una enfermedad misteriosa (¿lepra, sífilis?) que lo condenó a la deformación, y sobre todo el cantor del azul -"color que tantas cosas me revela"-del Golfo. Es decir, de una frontera que era a su vez una vía espiritual y una metáfora. Salmerón se apropió del misticismo estético de los modernistas para convertirlo en testimonio humanísimo.
En uno de sus poemas, se mezclan la devoción, la enfermedad y la picaresca: "No me quites, Señor, mi sufrimiento, / si es que habré de perder con mi tormento, / la conmiseración de su cariño". El poema se llama, con ironía tranquila o quizá bolerística, "Piedad".
En uno de sus poemas, se mezclan la devoción, la enfermedad y la picaresca: "No me quites, Señor, mi sufrimiento, / si es que habré de perder con mi tormento, / la conmiseración de su cariño". El poema se llama, con ironía tranquila o quizá bolerística, "Piedad".
No todo en él fueron dolores y revelaciones, sin embargo. Se le atribuyen gustos nada extravagantes (las peleas de gallos, las muchachas) pero no tenemos una biografía razonada, ni documental ni siquiera literaria del poeta. Faltan por escribir esas biografías. Difícil evitar un capítulo sobre el nacimiento de su mito, ¡un mito literario en Venezuela! Un mito o un destino: el que por momentos presentimos en su casa de anacoreta, el que leemos en su poesía.
La empobrecida sensibilidad de su cuerpo fue, para algunos, la cifra de una historia poco generosa. La poesía, a veces justiciera, trama una recompensa. En lugar de sangre enemiga, su voz trajo- después de su muerte y según lo prometido- lluvia a la tierra seca de Manicuare.