Ningún escritor de habla hispana remueve tantas pasiones como Fernando Vallejo. Lo desprecia Vicente Molina-Foix, lo aprecian Fernando Savater y Jorge Volpi. Entre los amigos, la cosa se repite. Soy de los que lo admiran. Es de hecho uno de mis imprescindibles en la actual literatura en español. Me encantó El desbarrancadero. Me hizo reír a placer. Ingeniosísimos denuestos y una prosa de una cadencia endemoniada. Vallejo escribe un solo libro por partes. Podría llamarse "El gramático rabioso". La virgen de los sicarios es otro soliloquio implacable, a ratos (pocos) cansón y requetebién escrito. La rabia y hasta el odio son aquí la forma desesperada del amor. Si el sicario (Alexis) es la encarnación colombiana del Angel Exterminador, el maldiciente Gramático (Fernando) es el Profeta del Desastre que es Colombia que es casi la Vida. No una partida de nacimiento mítica, a lo García Márquez, sino de defunción, ante todo moral. Vallejo es un moralista que no se atreve a decir su nombre. Su imagen de Medellín es incisiva y valiente. Qué oído para las palabras.