Nelson Ascher:
Después del fin de la Segunda Guerra y durante al menos medio siglo, la cultura italiana estuvo entre las más ricas, instigantes y ejemplares, consiguiendo a un tiempo reunir muchas de las mejores características de las demás (culturas europeas) y evitar sus vicios más conspicuos. Detentores de una erudición en nada inferior a la de sus colegas germánicos, los mejores intelectuales peninsulares, contrarios al exceso de reverencia y formalidad, se mostraron capaces de examinar la cultura popular y comercial sin los prejuicios que llevaron a los alemanes de la Escuela de Frankfurt a ver en ella siniestros mecanismos de dominación.
Libres de grandes nostalgias patrióticas, tampoco cedieron, como buena parte de los franceses y muchos otros europeos, al antiamericanismo rencoroso. Se trataba, en verdad, de una intelectualidad entera o casi exclusivamente izquierdista, pero sucede que los intelectules que se formaron o comenzaron su carrera entonces (entre los años 1920 e 50 o 60) eran de izquierda porque el poder era ostensivamente de derecha. (Ya en nuestros días actuales, en un país como el nuestro, la intelectualidad es de izquierda porque el poder también lo es).
Y la izquierda representada por las mejores cabezas de la época era bien diferentes de lo que se ve ahora. El izquierdismo, digamos, de un Hans Magnus Enzensberger o de un Edoardo Sanguinetti se definía, antes de más nada, por todo aquello a favor de lo que ellos eran, por la amplitud mental, por la curiosidad, por una cultura rica y potencialmente infinita, por el amor al conocimiento de todo tipo, a las artes, a la literatura, a la poesía, a la profundidad histórica.
El izquierdismo de ellos atrajo a muchos de mi generación porque, al contrario del actual, no se limitaba a los contras, o sea, a los adversarios, ni se resumía a crear enemigos, combatirlos el tiempo entero y hablar, sin interrupción, mal de esto o de aquello.
El universo mental de gente como los citados tampoco admitía tabús, prohibiciones, normas de conducta, códigos de habla. En vez de ofrecer slogans, panfletos y pancartas o de garantizarnos que pedaleando seríamos moralmente superiores a los conductores, ellos nos revelaban complejidad y matices.
-”Um
amante da literatura: o legado intelectual de Umberto Eco” (Folha de São Paulo,
28/02/2016).