Before midnight (de Richard Linklater)
No han perdido el desasosiego ni la gracia, tampoco la oportuna mordacidad. Siguen en una Europa caminable y conversada, eventualmente plácida, bien que impregnada de noticias apocalípticas. Nadie sabe lo que va a pasar, pero en la mesa cada quien tiene su plato y su parte. Lo que está cambiando es la luz: menguante ahora, indecisa, finalmente nocturna, siempre cercana. La noche comienza a caer, cae finalmente en el Peloponeso, y esta pareja (ella francesa desaforada, él terco americano) a la que ya habíamos visto enamorarse y volverse a enamorar con astucia conmovedora, oye voces y pasos. No solo los del presente ni los propios. Todo comenzó en un tren en Viena para terminar en una casa frente al mar jónico. París, la ciudad de Céline donde Jesse ha decidido mudarse, ya es más remordimiento que promesa. Es hora de bajos reproches y reconocimientos; el romance adolescente de los noventa, despreocupado y sin fronteras, ha terminado en enconada desorientación. El mundo y la intimidad se han vuelto un poco más oscuros. La crisis -no solo la del euro sino la de eros- no parece que esté por terminar. Ni ciertos mitos. Strose to stroma sou gia dio, pide Charis Alexiou en una canción. Prepara tu cama para dos. En esa cama que es también mesa, película, Jesse y Céline -deliciosa, implacablemente- deliberan.
No han perdido el desasosiego ni la gracia, tampoco la oportuna mordacidad. Siguen en una Europa caminable y conversada, eventualmente plácida, bien que impregnada de noticias apocalípticas. Nadie sabe lo que va a pasar, pero en la mesa cada quien tiene su plato y su parte. Lo que está cambiando es la luz: menguante ahora, indecisa, finalmente nocturna, siempre cercana. La noche comienza a caer, cae finalmente en el Peloponeso, y esta pareja (ella francesa desaforada, él terco americano) a la que ya habíamos visto enamorarse y volverse a enamorar con astucia conmovedora, oye voces y pasos. No solo los del presente ni los propios. Todo comenzó en un tren en Viena para terminar en una casa frente al mar jónico. París, la ciudad de Céline donde Jesse ha decidido mudarse, ya es más remordimiento que promesa. Es hora de bajos reproches y reconocimientos; el romance adolescente de los noventa, despreocupado y sin fronteras, ha terminado en enconada desorientación. El mundo y la intimidad se han vuelto un poco más oscuros. La crisis -no solo la del euro sino la de eros- no parece que esté por terminar. Ni ciertos mitos. Strose to stroma sou gia dio, pide Charis Alexiou en una canción. Prepara tu cama para dos. En esa cama que es también mesa, película, Jesse y Céline -deliciosa, implacablemente- deliberan.