Lucian Freud está en São Paulo, y me voy acercando
a sus cuerpos y rostros como un animal de presa regodeándose en su apetito. Es decir, lo
pospongo, olfateo huellas, oigo lo que se dice en algunas esquinas. Contengo las ganas, pero no demasiado: no me canso de ver en los bazares de la red a la Encargada de los Servicios Sociales, sus tetas totémicas, su repliegue impúdico. Confieso haberme acercado con curiosidad
pornográfica y vagamente délfica a un catálogo de sus Retratos. Me sentí feliz y defraudado: el modo está allí, pero a mi Encargada, por ejemplo, la cortan por la mitad. Nada menos. La mirada –no solo la nuestra- también sale tasajeada. Para apreciar un retrato de
Freud –me digo estratégicamente, ahora que está cerca- hay que tenerlo enfrente:
su presencia, su silencio, su plenitud. Dejarlo hablar,
dejarlo fumar. Verlo transformarse ante nosotros, dispuestos de ser necesario a que la imagen nos devore.