miércoles, 26 de febrero de 2014

Santo Tomás de Aquino

                                                 Por Charles Simic

Dejé pedazos de mí mismo por todos lados
A la manera como la gente distraída olvida
Guantes y paraguas de colores tristes 
De tanto dispensar mala suerte.

Dormía en el banco de un parque.
Era como el Arte del Antiguo Egipto.
No deseaba moverme.     
Hice que mi larga sombra tomara el tren de la tarde.

“Regalamos muerte a un niño cuando regalamos una muñeca”,
Dijo la mujer que había leído a Djuna Barnes.
Susurramos toda la noche. Ella había viajado al África más oscura.
Tenía muchas historias que contar sobre la selva.

En Nueva York estaba ya buscando trabajo.
Llovía como en los días de Noé.
Me refugié en muchos portales de esa gran ciudad.
Una vez le pedí a un hombre en esmoquin un cigarrillo.
Me miró aterrado y se lanzó a caminar bajo la lluvia.

Dado que el “hombre desea la felicidad naturalmente”,
Según Santo Tomás de Aquino,
Que dio prueba irrefutable de la existencia y el designio de Dios,
Ayudaba a cargar camiones en Garment Center.
Un negro y yo robamos un vestido rojo de mujer.
Era de seda; brillaba.
En una noche sombría con todos nuestros ardores amatorios crepitando,
Lo llevamos por la larga avenida vacía,
Cada uno sujetando una manga.
El calor insoportable sacaba de sus escondites
Muchos rostros humanos aterradores.

En la Sala de Lectura de la Biblioteca Pública
Había un solo ventilador de techo que apenas giraba.
Tenía los viajes de Herman Melville para servirme de almohada.
Estaba en un barco fantasma con las velas izadas.  
No veía tierra por ninguna parte.
El mar y sus monstruos no podían aliviarme.

Seguí a una enfermera con aspecto de santa hasta el consultorio de un médico.
Avanzamos entre gente de ojos y orejas vendadas.
“Soy un filósofo medieval en el exilio”,
Le expliqué a mi casera esa noche.
Y, en serio, ya no me parecía a mí mismo.
Usaba lentes con una horrible rajadura de araña en uno de los ojos.   

Pasaba el día entero viendo películas.
Una mujer en la pantalla caminaba en una ciudad bombardeada
Una y otra vez. Usaba botas militares.
Sus piernas eran largas y desnudas. Dondequiera que estaba hacía frío.
Me daba la espalda, pero estaba enamorado de ella.
A la salida esperaba encontrar Europa en tiempos de guerra.

¡Ni siquiera nevaba! Todo el que encontraba
Llevaba una parte de mi destino como una máscara de carnaval.
“Soy Bartleby el Escribidor”, le dije al mesonero italiano.
“Yo también”, me respondió.
Y no pude ver nada salvo ceniceros desbordados
Examinados con agitación por moscas de rostro humano.


-The Book of gods and devils, 1990. Trad: lr (revisado por Daniel Pérez La Manno).