Enrique
Krauze escribe un artículo sobre Venezuela. Los estudiantes venezolanos están solos, señala. Incluso en relación al pasado: la mayoría no tiene memoria de otro régimen político que no sea el chavista. No son insensibles a la pobreza (muchos de ellos vienen de familias pobres, de hecho), aunque sin la demagogia patológica que mina el discurso político del proceso bolivariano. Denuncian: la acumulación de poderes, la economía devastada, la caza de brujas intelectual. No solo no son escuchados sino que son reprimidos y anatematizados por los poderes públicos venezolanos y por la izquierda mediática y política del continente. En Venezuela se explica: el legado de Chávez es un sancta sanctorum para muchos dentro del país, crédulos o meramente dependientes de las bondades clientelares del dinero público (hay países -como Cuba- que sino dependen al menos no pueden pasar del salario petrolero bolivariano). Fuera del país ya es más complicado. Están los adeptos económicamente dependientes (un ministro reciente dijo que el propósito de la revolución no era sacar a la gente de la pobreza no fuese luego se convirtieran en opositores), pero también los ideológicos. Sobre este punto Krauze escribe unas líneas tan sobrias como lacerantes.
El apoyo al chavismo es, en el fondo, un derivado del prestigio menguado, pero extrañamente vivo de la Revolución cubana. Estar contra ella es estar con “el Imperio”. Que Cuba sigue siendo una meca de la ideología latinoamericana se comprobó cuando en la reciente Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada los días 28 y 29 de enero de 2014 en La Habana, prácticamente ningún presidente faltó. Y Fidel fue proclamado “guía político y moral de América”. En esa cumbre, por cierto, todos los participantes (incluida Cuba) firmaron respetar los derechos humanos. Su firma vale el papel en que está escrita.Es cierto que más importante que la ideología son los fríos intereses materiales, añade. Piensa en el gobierno de Brasil.