Estamos en 1980 y Asia continúa (no dejará de estarlo) bajo la mirada de Weinberger. No son solo los fotorreporteros fashion, tipo Mary Ellen Mark, sino los
viejos Beatnik espiritualistas, con Ginsberg a la cabeza. Vietnam y también Camboya son la pesadilla definitoria, el apocalipsis a la medida de aquella generación.
Hace una década que Chogyam Trungpa,
nacido en 1938, está dando que hablar. Exiliado tras la ocupación china del
Tíbet en 1959, Trungpa fundó una escuela de meditación tibetana en Inglaterra (donde
conoció al poeta Robert Bly) y tras el éxito otra escuela en Vermont, Estados Unidos. Compró
terrenos, abrió clínicas de cura espiritual y difundió masivamente su propia
obra escrita. “Su metáfora favorita para describirse es la de un doctor que opera sin
anestesia. Sus discípulos trabajan como sirvientes sin sueldo en su mansión,
visten ropa formal y lo llaman Su Alteza”.
En 1973 –en Boulder, Colorado- creó el Instituto Naropa, “un centro
universitario religioso pero ecléctico”.
Uno de los departamentos –todavía en funciones- fue la Escuela Jack Kerouac de
Poética Desencarnada. Muchos artistas y poetas de la vanguardia
norteamericana, por mediación de Ginsberg y Bly, pasaron por allí: John
Ashbery, Burroughs, John Cage, Gregory Corso, entre otros. La relación, sin
embargo, no prosperó: Trungpa no quería a sus artistas demasiado reconcentrados o
luminosos, llegando a sabotear recitales y sometiendo a otros (por ejemplo, al
poeta W.S. Merwin) a humillaciones públicas, a menudo con
violencia de por medio. Cualquier resistencia, duda u objeción era considerada
como una forma de autoengaño y neurosis. Trungpa era el dueño de las preguntas y de
las respuestas.
Lo que está ocurriendo en Boulder –escribió
Weinberger- parece ser, en embrión, una puesta en escena con ambientación
oriental del fascismo nacido en Estados Unidos. La tierra sagrada del Instituto
Naropa era desde luego el Tíbet. No era una idea reciente, claro. “Todos los
paraísos espirituales inventados por Occidente se localizan en alguna parte de
Asia (los paraísos materiales están en el Nuevo Mundo)”. Hasta Kant -el hipereuropeo Kant- había escrito que aquel rincón montañoso era quizá el origen de la cultura india, a su vez origen de la europea. Solo que ahora el paraíso tenía una nueva, expansiva
sucursal en América.
Era otra vez el mito y la poesía contra
la historia, ya no de una forma solo retórica sino ideológica. Weinberger venía
a aguar la fiesta: "La verdadera historia del Tíbet es tan violenta y
deprimente como cualquier otra: continuo ascenso y caída de monasterios y
sectas rivales, cada una asociada a una familia noble; establecimiento y
ruptura de alianzas: vendettas sin fin; hombres santos que son unos
derrochadores y se mantienen gracias a una mayoría miserable de siervos sin
tierra –y unos cuantos grandes maestros que critican y luchan contra los
excesos mundanos de sus contemporáneos". El Instituto Naropa había decidido
ver solo el mito y la poesía del Tíbet. No fueron ni los primeros ni los
últimos.
No siempre Occidente ha imaginado el Oriente (ya mítico desde el nombre) como un territorio paradisíaco. Durante la guerra de Vietnam –lo
cuenta el mismo Weinberger- el apelativo para todos los vietnamitas, fuesen civiles,
soldados, adversarios o aliados, era gooks:
la palabra cariñosa y entonces generalizada para decir “asiáticos de mierda”. Las
implicaciones no fueron solo semánticas.
Esa fijación de origen bélico mudó de
dirección en Naropa: Estados Unidos (mucho más que la China maoísta, causante del exilio de Trungpa y otros líderes tibetanos) se convirtió en el enemigo espiritual. No solo por su actuación en Vietnam y su complicidad
con cuanto centurión anticomunista apareciera en el firmamento, si no por ser Estados Unidos. Hiciera lo que hiciera, América era el mal.
Se trataba de algo más que una creencia esotérica: “Del disgusto (antiamericano) se pasa
al anhelo de un cambio apocalíptico: la violencia como único catalizador capaz
de restaurar el orden. La ansiada revolución de los años sesenta nunca llegó.
En Naropa, los sueños del romanticismo revolucionario se internalizan, se
transfieren del Estado al yo, loca sabiduría para hacer frente a la cuerda
estupidez del mundo”. Para Ginsberg, Naropa era un “experimento monárquico”.
El sueño de Naropa, que era el de
Ginsberg y tantos a su sombra: desprecio teológico de Occidente para mejor alabanza de un Oriente ahistórico, regresivo,
mesiánico.