Jorge Arreaza ha ido a China y se ha declarado a favor
del asilo a Edward Snowden. No sin el acostumbrado baño de prosopopeya
patriótica: "Mal podríamos nosotros, los
hijos de Bolívar, que luchó contra todos los imperios, dejar a un individuo, de
los 6.000 millones de habitantes que hay en esta tierra, que es perseguido por
todos los imperios al mismo tiempo, también a la deriva". Hasta hace poco,
cualquier venezolano sabía antes de nacer que Bolívar no luchó contra “todos
los imperios” sino contra el imperio español, imagen fundacional de todos
nuestros males. Como Bolívar se ha convertido en un monigote histórico a la medida
del régimen venezolano, el viejo enemigo se ha multiplicado de forma no menos
fantasmal. Tal vez el debutante vicepresidente de Venezuela haya querido
impresionar a los chinos, difícil vislumbrar con cuál fortuna. Arreaza sabe en
todo caso que su oferta no tiene consecuencias: Snowden no saldrá del aeropuerto de Moscú sin la ayuda de Putin, ese espía veterano que no se cansa de brindar por el Estado de
Derecho. No es Venezuela (digámoslo piadosamente) la que lleva la
voz cantante.
Snowden escogió un enemigo paranoide
y unos amigos grotescos. Al primero lo ha denunciado con ingenua valentía, a
los segundos les ha agradecido su infinita generosidad. Sobre la paranoia
acrítica y muy activa del gobierno americano, no
han sido pocos los grupos de derechos humanos que han llamado a que
se le garantice el debido proceso al fugitivo. Para eso, desde luego, es necesario que
Snowden encare la justicia americana y reconozca la ley cuya transgresión por
parte del Estado ha señalado. Si Snowden va a juicio, los responsables de la Agencia
Nacional de Seguridad (y de paso sus informantes, Google entre ellos) no se podrán hacer los locos tan fácilmente.
A propósito de sus amigos. Si un
día Snowden llega a Venezuela, o a Ecuador, o si obtiene el asilo de Rusia, es
posible que se vea obligado a decir que los políticos y periodistas y simples
ciudadanos perseguidos en esos países se lo tienen bien merecido. Tendrá que
lamerle el culo –ya discretamente lo ha hecho- a los sátrapas dizque humanitarios
del mundo, tipo Putin o Maduro. Daría –no a todos, lo sé- pena.