miércoles, 13 de febrero de 2013

Sale, Ratzinger

Algunos lo han visto entrar como Papa y salir como filósofo, otros hacerse el loco ante los peores hábitos eróticos de tantos mensajeros del Señor. Un hombre en busca de la verdad o un burócrata cómplice de la eterna corrupción eclesiástica. Por mi parte, les he dicho a los que me escuchan: mis simpatías vaticanas no son abundantes, pero me gusta que Ratzinger salga de escena antes de convertirse en fantasma, o peor, en santo. Comparar con el Paciente de La Habana y otros Inmortales a cargo. Además, en el hecho de haber renunciado en latín veo un rasgo no tanto de humildad, como quieren ver los más fieles, sino de sentido del humor. Como quien dice: esto no es asunto vuestro. Esto es entre Orígenes y yo, aunque es cierto que el alejandrino escribió en griego. Si el Papa hubiese renunciado en el antiguo griego de Alejandría, ahí sí que hubiese dejado a la corte vaticana con los ojos llenos de terror. Quizá, viejas enemistades, no quería dejar bien parados a los ortodoxos de la Hélade. En todo caso, Ratzinger condescendió a la lengua de los Antoninos y de Cicerón, no a la de Berlusconi y la Camorra. Tampoco a ninguna de las lenguas oficiales de la Unión Europa, esa ampliada versión laica del Sacro Imperio Romano. Tomen nota los reinos de este mundo.

Hay que aprender una lengua muerta, viene diciendo Ratzinger: así se ora y se renuncia mejor. Esa ha querido ser la principal enseñanza (y broma) del teólogo alemán. 

Y ahora que se vaya al infierno.