1
Samuel Butler (1835-1902), uno de esos escritores ingleses que parecen personajes de Borges, escribió un ensayo llamado “Ramblings in Cheapside” (“Divagaciones en Cheapside”: no me atrevo todavía a traducir el nombre de la zona por “Lado Barato”), donde una de las veredas de su vagabundeo lo lleva a hablar de una señora y sus loros. Escribe Butler: “Conocí una señora en Suiza que tenía algunos loros, siempre viajaban con ella y eran los ídolos de su vida. Estos pájaros no dejaban leer a nadie en voz alta en su presencia, a menos que escucharan sus propios nombres introducidos de vez en cuando. Si esos nombres eran libremente interpolados en el texto, permanecían tan mudos como piedras, porque pensaban que la lectura era sobre ellos mismos. Si no era sobre ellos, no podía ser permitido”.
Butler reconoce en los rostros de sus andanzas personajes famosos. Declara haber conocido a Sócrates (un guía italiano con mula), a Miguel Angel (un portero intimidante que en un barco de Londres a Clacton-On-Sea no paró de bailar y de cortejar a las mujeres de ida y de vuelta), a Beethoven (un ingeniero ignorante de la música, pero no sordo). Butler entiende que los rostros y los cuerpos de gente famosa y no tan famosa del pasado andan realengos por la calle, divagando por los lados baratos o caros de las ciudades. No nos dice, sin embargo, qué rostro le corresponde a él. Ni a la señora de los loros.
2
Por la familiaridad con que Butler habla de aquellos famosos, podemos inferir que él mismo se da aires de hombre noble. También por su modo de decir las cosas. Comienza con algo ligeramente anodino -una tortuga, por ejemplo- y termina en una reflexión shakesperiana. No nos dice que reconoció a su bisabuelo sino a Sócrates, Miguel Angel, Beethoven. El enigma que me propongo desentrañar es el siguiente: ¿quién era en realidad Samuel Butler? ¿Quién era en realidad la señora de los loros?
3
Butler no es muy sistemático en sus asociaciones. Procede por corazonadas, olfato, intuiciones y humor. ¿No dijo un psicoanalista vienés que el humor también es una forma de intuición? Esta cara me suena, se dice el caminante. Butler se reconoce deudor más del mother wit, es decir, del ingenio y hasta del mal genio materno, que de la demostración. La Gran Madre aquí no es la reina Victoria sino la cortesana y cortés Ironía.
Un hombre deambula en solitario por una calle de Londres, reflexiona sobre lo que encuentra a su paso, tortugas, dinero, moluscos, viajes geográficos, personajes célebres reencarnados. Es el viaje en el tiempo el que parece causarle más asombro, perplejidad y motivos de risa. En una estancia en Suiza, encuentra a una señora con loros. Notar combinación: Suiza, loros. No sé si el suizo Jung repararía, llegado su turno, en la coral sombra censora pero no por ello menos pintoresca de la dama victoriana.
Antes, Butler había visto tortugas en la ventana de una vecina. Butler hace una crítica a los ídolos vivientes a través de las tortugas y los loros. Dos rasgos, más bien dos moralidades, satiriza en esos impensados ídolos de la tribu: la vanidad, el resentimiento y el ridículo de ciertos loros que necesitan ser sujeto y predicado de toda lectura pública, y la extrema reclusión elegida de la tortuga, su estrafalaria y vana protección del mundo y de la muerte, su cobardía esencial.
Eso es un misterio menor, apenas un rasgo de la retórica, la imaginación y la zoología moral del autor de The way of all flesh. Menos evidente es la identidad posible del ensayista. Diré sin más prolegómenos mi sospecha: Butler es Próspero, el capitán de La tempestad. ¿O es más bien Stephano, el mayordomo borracho de la obra shakesperiana, mareado en medio del barco que es un restaurante, entonando una irónica liturgia de ideas y vueltas? La señora de los loros ¿es un pirata de las Indias Occidentales? Tal vez, un corsario holandés, de esos que merodeaban las costas de la Península de Araya, al oriente de Venezuela, en busca de sal. Pero no hay loros en Araya. ¿Serían imaginarios loros caribes?
4
Yo también he visto gente célebre del pasado.
Comienzo por quien no llegué a conocer. Un amigo mallorquín de Amsterdam amenazó un día con presentarme a Kafka. Rehusé. Me bastó saber que estaba por ahí, que andaba –como todos-en bicicleta. Que trabajaba -como nosotros- en una oficina. Kafka -hay que creerlo- vive.
En Londres, tiempo después, vi a Jane Austen, o mejor, a la protagonista principal de su Orgullo y prejuicio. Tenía en sus manos un librito. Se llamaba, entre todos los nombres, Spinsters abroad: solteronas en el extranjero. En realidad conocí, de a poquito, a toda su familia. Por momentos -me parecía- me miraban intrigados. ¿Creerían que yo la quería en matrimonio y trataban de saber si yo tenía suficiente dinero para tan alto pacto?
En ese restaurante, que era un barco, conocí a una concubina de Kublai Khan (una deliciosa chica de Mongolia que se declaraba budista, creía en Dios y se vestía al son del último grito de la moda), a una modelo de Rafael (una barista de Merano con sangre danesa y, presumiblemente, gitana), a George Grosz (un checo poseído por un demonio político, y con quien sostenía macarrónicos diálogos críticos en medio del servicio).
Pero uno no siempre reconoce a la gente célebre. En la salida de un parque de Ámsterdam, vi una mujer con seis correas en las manos. En una mano tenía tres gatos, en la otra, tres perros. Se me ocurrió que la manera como tenía aquella mujer de paliar su soledad –su vacío-era poblándola de mascotas. Esas mascotas eran sus ídolos.
¿Quién sería esa mujer, Mr. Butler?
5
En un alarde de soledad ensayística, Butler exclama: “I do not like books”. Como quien dice: hago mis paseos sin mascotas. No lo tomemos a la letra: por boca de Butler habla su madre, the mother wit. No quiere libros-loro ni libros-tortuga.
6
Que Butler tenía el don shakesperiano de la frase dramática y feliz lo muestra en estas deliciosas Divagaciones. “We can see nothing face to face; our utmost seeing is but a fumbling of blind finger-ends in an overcrowded pocket”. Ahora sin música y descremado: “No podemos ver nada cara a cara; nuestra mirada más plena no es sino un titubeo de dedos ciegos en un bolsillo abarrotado”.
Butler ¿busca una llave o una moneda? ¿Teme verse en el espejo después de trasponer el umbral de su casa, o no encontrar el boleto que lo llevará de vuelta a donde lo esperan, donde no lo esperan, donde se desespera? Ya sea para abrir una puerta o para comprarse un paquete de cigarrillos, da rodeos por Lado Barato, sin gatos, sin perros, aunque encontrándose gatos y perros (y tortugas y loros) por el camino. Próspero, se sabe, leyó a Montaigne. Butler decía que sus libros preferidos eran el Webster’s Dictionary y la guía de trenes de un tal Bradshaw, libros con los que no salía a la calle.
7
A veces uno sale o regresa a casa con un libro. Greenwich, esa frontera temporal en las afueras de Londres, recibe al visitante con un enorme y complejo barco, el Cutty Sark. Es una pequeña ciudad que alguna vez fue de navegantes, con museos de navegación, estatuas de piratas, un parque admirable y un Observatorio. Contra el Observatorio quisieron atentar los anarquistas de finales del siglo XIX, intento fallido que recompone Joseph Conrad en la extraordinaria The secret agent. Desde Greenwich se mira con cuidado las estrellas y se come un excelente thai. Volvemos a casa con Journeys, una antología, donde V.S. Naipaul regresa a la India de sus ancestros, Derek Walcott recoge y junta fragmentos de la memoria épica caribeña y Samuel Butler divaga por - ya lo sabemos- Cheapside. Desde Greenwich todos los viajes son posibles.
7
Butler se la habría llevado bien con Próspero. Me refiero al Próspero suramericano que aparece en las páginas ensayísticas de José Enrique Rodó. Butler era mayor que Rodó, pero los dos eran hombres de mar en tierra. Su principal afán no era ya el viaje geográfico sino temporal, es decir, interior e intelectual. Los dos siguieron viajando.
8
¿Y la mujer de los loros? Ella -pero esto no es indudable- es una de las epifanías de Calibán, una especie de pirata del caribe llena de loros y ojos por todos los costados. No el ojo de gracias y desgracias del que habló Quevedo, sino el otro ciclópeo, el de Yo, el Supremo. Basta leer cómo terminaron dueña e ídolos para saber que Butler estuvo en presencia de una tirana: “Cuando la pobre señora sintió que el fin estaba cerca, deseó (y la responsabilidad de esto debe recaer en ella, no en mí) que los pájaros fueran sacrificados, temiendo que podían ser luego desatendidos, y sabiendo que no podían ser amados de la misma manera como ella los amaba. Cuando se le dijo que todo había terminado, respondió: “Gracias”, e inmediatamente expiró”. No hace falta hacerse amigo de un dictador para saber cómo funcionan algunas relaciones jerárquicas, ni para intuir que los devotos con demasiado poder a menudo sacrifican a sus ídolos. No hay que dudar de su piedad.
Publicado en Revista de la Universidad de Antioquia, Colombia.
Samuel Butler (1835-1902), uno de esos escritores ingleses que parecen personajes de Borges, escribió un ensayo llamado “Ramblings in Cheapside” (“Divagaciones en Cheapside”: no me atrevo todavía a traducir el nombre de la zona por “Lado Barato”), donde una de las veredas de su vagabundeo lo lleva a hablar de una señora y sus loros. Escribe Butler: “Conocí una señora en Suiza que tenía algunos loros, siempre viajaban con ella y eran los ídolos de su vida. Estos pájaros no dejaban leer a nadie en voz alta en su presencia, a menos que escucharan sus propios nombres introducidos de vez en cuando. Si esos nombres eran libremente interpolados en el texto, permanecían tan mudos como piedras, porque pensaban que la lectura era sobre ellos mismos. Si no era sobre ellos, no podía ser permitido”.
Butler reconoce en los rostros de sus andanzas personajes famosos. Declara haber conocido a Sócrates (un guía italiano con mula), a Miguel Angel (un portero intimidante que en un barco de Londres a Clacton-On-Sea no paró de bailar y de cortejar a las mujeres de ida y de vuelta), a Beethoven (un ingeniero ignorante de la música, pero no sordo). Butler entiende que los rostros y los cuerpos de gente famosa y no tan famosa del pasado andan realengos por la calle, divagando por los lados baratos o caros de las ciudades. No nos dice, sin embargo, qué rostro le corresponde a él. Ni a la señora de los loros.
2
Por la familiaridad con que Butler habla de aquellos famosos, podemos inferir que él mismo se da aires de hombre noble. También por su modo de decir las cosas. Comienza con algo ligeramente anodino -una tortuga, por ejemplo- y termina en una reflexión shakesperiana. No nos dice que reconoció a su bisabuelo sino a Sócrates, Miguel Angel, Beethoven. El enigma que me propongo desentrañar es el siguiente: ¿quién era en realidad Samuel Butler? ¿Quién era en realidad la señora de los loros?
3
Butler no es muy sistemático en sus asociaciones. Procede por corazonadas, olfato, intuiciones y humor. ¿No dijo un psicoanalista vienés que el humor también es una forma de intuición? Esta cara me suena, se dice el caminante. Butler se reconoce deudor más del mother wit, es decir, del ingenio y hasta del mal genio materno, que de la demostración. La Gran Madre aquí no es la reina Victoria sino la cortesana y cortés Ironía.
Un hombre deambula en solitario por una calle de Londres, reflexiona sobre lo que encuentra a su paso, tortugas, dinero, moluscos, viajes geográficos, personajes célebres reencarnados. Es el viaje en el tiempo el que parece causarle más asombro, perplejidad y motivos de risa. En una estancia en Suiza, encuentra a una señora con loros. Notar combinación: Suiza, loros. No sé si el suizo Jung repararía, llegado su turno, en la coral sombra censora pero no por ello menos pintoresca de la dama victoriana.
Antes, Butler había visto tortugas en la ventana de una vecina. Butler hace una crítica a los ídolos vivientes a través de las tortugas y los loros. Dos rasgos, más bien dos moralidades, satiriza en esos impensados ídolos de la tribu: la vanidad, el resentimiento y el ridículo de ciertos loros que necesitan ser sujeto y predicado de toda lectura pública, y la extrema reclusión elegida de la tortuga, su estrafalaria y vana protección del mundo y de la muerte, su cobardía esencial.
Eso es un misterio menor, apenas un rasgo de la retórica, la imaginación y la zoología moral del autor de The way of all flesh. Menos evidente es la identidad posible del ensayista. Diré sin más prolegómenos mi sospecha: Butler es Próspero, el capitán de La tempestad. ¿O es más bien Stephano, el mayordomo borracho de la obra shakesperiana, mareado en medio del barco que es un restaurante, entonando una irónica liturgia de ideas y vueltas? La señora de los loros ¿es un pirata de las Indias Occidentales? Tal vez, un corsario holandés, de esos que merodeaban las costas de la Península de Araya, al oriente de Venezuela, en busca de sal. Pero no hay loros en Araya. ¿Serían imaginarios loros caribes?
4
Yo también he visto gente célebre del pasado.
Comienzo por quien no llegué a conocer. Un amigo mallorquín de Amsterdam amenazó un día con presentarme a Kafka. Rehusé. Me bastó saber que estaba por ahí, que andaba –como todos-en bicicleta. Que trabajaba -como nosotros- en una oficina. Kafka -hay que creerlo- vive.
En Londres, tiempo después, vi a Jane Austen, o mejor, a la protagonista principal de su Orgullo y prejuicio. Tenía en sus manos un librito. Se llamaba, entre todos los nombres, Spinsters abroad: solteronas en el extranjero. En realidad conocí, de a poquito, a toda su familia. Por momentos -me parecía- me miraban intrigados. ¿Creerían que yo la quería en matrimonio y trataban de saber si yo tenía suficiente dinero para tan alto pacto?
En ese restaurante, que era un barco, conocí a una concubina de Kublai Khan (una deliciosa chica de Mongolia que se declaraba budista, creía en Dios y se vestía al son del último grito de la moda), a una modelo de Rafael (una barista de Merano con sangre danesa y, presumiblemente, gitana), a George Grosz (un checo poseído por un demonio político, y con quien sostenía macarrónicos diálogos críticos en medio del servicio).
Pero uno no siempre reconoce a la gente célebre. En la salida de un parque de Ámsterdam, vi una mujer con seis correas en las manos. En una mano tenía tres gatos, en la otra, tres perros. Se me ocurrió que la manera como tenía aquella mujer de paliar su soledad –su vacío-era poblándola de mascotas. Esas mascotas eran sus ídolos.
¿Quién sería esa mujer, Mr. Butler?
5
En un alarde de soledad ensayística, Butler exclama: “I do not like books”. Como quien dice: hago mis paseos sin mascotas. No lo tomemos a la letra: por boca de Butler habla su madre, the mother wit. No quiere libros-loro ni libros-tortuga.
6
Que Butler tenía el don shakesperiano de la frase dramática y feliz lo muestra en estas deliciosas Divagaciones. “We can see nothing face to face; our utmost seeing is but a fumbling of blind finger-ends in an overcrowded pocket”. Ahora sin música y descremado: “No podemos ver nada cara a cara; nuestra mirada más plena no es sino un titubeo de dedos ciegos en un bolsillo abarrotado”.
Butler ¿busca una llave o una moneda? ¿Teme verse en el espejo después de trasponer el umbral de su casa, o no encontrar el boleto que lo llevará de vuelta a donde lo esperan, donde no lo esperan, donde se desespera? Ya sea para abrir una puerta o para comprarse un paquete de cigarrillos, da rodeos por Lado Barato, sin gatos, sin perros, aunque encontrándose gatos y perros (y tortugas y loros) por el camino. Próspero, se sabe, leyó a Montaigne. Butler decía que sus libros preferidos eran el Webster’s Dictionary y la guía de trenes de un tal Bradshaw, libros con los que no salía a la calle.
7
A veces uno sale o regresa a casa con un libro. Greenwich, esa frontera temporal en las afueras de Londres, recibe al visitante con un enorme y complejo barco, el Cutty Sark. Es una pequeña ciudad que alguna vez fue de navegantes, con museos de navegación, estatuas de piratas, un parque admirable y un Observatorio. Contra el Observatorio quisieron atentar los anarquistas de finales del siglo XIX, intento fallido que recompone Joseph Conrad en la extraordinaria The secret agent. Desde Greenwich se mira con cuidado las estrellas y se come un excelente thai. Volvemos a casa con Journeys, una antología, donde V.S. Naipaul regresa a la India de sus ancestros, Derek Walcott recoge y junta fragmentos de la memoria épica caribeña y Samuel Butler divaga por - ya lo sabemos- Cheapside. Desde Greenwich todos los viajes son posibles.
7
Butler se la habría llevado bien con Próspero. Me refiero al Próspero suramericano que aparece en las páginas ensayísticas de José Enrique Rodó. Butler era mayor que Rodó, pero los dos eran hombres de mar en tierra. Su principal afán no era ya el viaje geográfico sino temporal, es decir, interior e intelectual. Los dos siguieron viajando.
8
¿Y la mujer de los loros? Ella -pero esto no es indudable- es una de las epifanías de Calibán, una especie de pirata del caribe llena de loros y ojos por todos los costados. No el ojo de gracias y desgracias del que habló Quevedo, sino el otro ciclópeo, el de Yo, el Supremo. Basta leer cómo terminaron dueña e ídolos para saber que Butler estuvo en presencia de una tirana: “Cuando la pobre señora sintió que el fin estaba cerca, deseó (y la responsabilidad de esto debe recaer en ella, no en mí) que los pájaros fueran sacrificados, temiendo que podían ser luego desatendidos, y sabiendo que no podían ser amados de la misma manera como ella los amaba. Cuando se le dijo que todo había terminado, respondió: “Gracias”, e inmediatamente expiró”. No hace falta hacerse amigo de un dictador para saber cómo funcionan algunas relaciones jerárquicas, ni para intuir que los devotos con demasiado poder a menudo sacrifican a sus ídolos. No hay que dudar de su piedad.
Publicado en Revista de la Universidad de Antioquia, Colombia.